El Perrito Ladrón. Érase una vez un perrito llamado Ladrón. A él le encantaba salir a pasear por el barrio, husmeando y buscando cosas interesantes. Pero a veces, su curiosidad lo metía en problemas. Porque, aunque no lo hiciese por maldad, Ladrón terminaba cogiendo cosas que no eran suyas.
La dueña de Ladrón, Carmen, era una señora mayor muy generosa. Cuando Ladrón traía algo a casa, ella siempre lo cuidaba como si fuese suyo, pero también le llamaba la atención. Le explicaba que no debía coger cosas de los demás sin permiso. Por mucho que Ladrón quisiera jugar con ellas.
Y es que, Ladrón era un juguetón empedernido. Todo lo que brillaba lo atraía, y todo lo que hacía ruido era una aventura. Así que, incluso si una cosa no parecía interesante, él la cogía por si se convertía en un juguete divertido. Era el terror del vecindario, porque nunca sabías qué podía llevarse Ladrón.
Pero un día, todo cambió. Ladrón salió a pasear como de costumbre, pero esta vez se encontró con un gato en su camino. Era un gato callejero, flaco y sucio, que parecía necesitar ayuda. Ladrón, sin pensarlo dos veces, decidió acercarse a él para ver si podía hacer algo por él.
Cuando llegó cerca, se sorprendió al ver que el gato tenía un collar que brillaba al sol. Era un collar muy bonito, con forma de estrella. Ladrón pensó que el collar se vería muy bien en él, así que decidió cogerlo. Pero en el momento en que lo cogió, el gato empezó a maullar con fuerza. Parecía muy triste y asustado.
Ladrón, de repente, se dio cuenta de que había hecho algo mal. Había cogido algo que no era suyo, y lo había hecho con intención de quedárselo. Se sintió muy mal, porque recordó las palabras de su dueña, Carmen. Él no quería hacer daño a nadie, no quería que nadie se sintiera triste. Pero, sin querer, lo había conseguido.
Así que, en ese momento, decidió hacer algo para solucionarlo. Dejó en el suelo el collar que había cogido, y le ladró al gato para que se acercara. El gato, al principio, pareció desconfiar, pero finalmente aceptó. Ladrón le ladró al collar, señalando que lo cogiera, y luego empezó a caminar.
El gato, al principio, no se movió. Pero después de un rato, decidió seguir a Ladrón. Juntos, caminaron por el barrio, visitando a los conocidos de Ladrón y buscando ayuda para el gato. Gracias al collar, descubrieron que el gato pertenecía a un niño llamado Juan, que lo había perdido hace meses. El collar había sido un regalo de su abuela, ya fallecida.
Cuando Juan se reencontró con su gato, lloró de alegría. Era como si una parte de él que había estado perdida hubiera vuelto. Se sintió muy agradecido con Ladrón, y le preguntó a Carmen si podía quedarse de visita en su casa. Carmen aceptó, y Ladrón y el gato se hicieron amigos inseparables.
Desde ese día, Ladrón entendió que no podía coger cosas que no eran suyas sin permiso. También aprendió que, aunque no lo hiciera con maldad, sus acciones podían tener consecuencias. Y que, a veces, la mejor opción era buscar la ayuda de los demás para solucionar un problema.
Ladrón siguió siendo juguetón y curioso, pero ahora lo hacía de una manera más responsable. Siempre que se encontraba con algo que le gustaba, preguntaba si podía cogerlo. Y si algo no le pertenecía, no lo cogía sin permiso.
A partir de entonces, el perrito Ladrón se ganó el respeto y la admiración de todos los vecinos del barrio. Todos vieron cómo había aprendido una lección muy importante, y cómo había ayudado a que un niño recuperara a su querido gato. Y aunque Ladrón nunca volvió a coger nada sin permiso, siempre se quedó con una cosa muy valiosa: la amistad del gato, y la lección de que uno puede hacer el bien si se lo propone.