La casa del susto de los monstruos de Halloween. Érase una vez, en la Casa del Susto de los Monstruos de Halloween, vivía una familia de monstruos que estaba siempre triste. No sabían por qué, pero su casa no daba miedo a ninguna persona que se atreviera a acercarse, y eso les hacía muy infelices.
La familia estaba compuesta por el papá, un vampiro con una capa negra; la mamá, una bruja con un sombrero puntiagudo y una nariz larga y torcida; y los dos hijos, un lobo con dientes afilados y un zombi con la piel verde y los ojos apagados.
Un día, cuando llegó el otoño y empezaba a acercarse la noche de Halloween, decidieron hacer algo para que su casa fuera más espantosa. Entonces, la mamá bruja tuvo una gran idea.
-¡Vamos a decorar la casa! -dijo con entusiasmo-. Así tendremos la entrada más tenebrosa de todo el vecindario.
Todos aceptaron la propuesta con alegría. Así que se pusieron manos a la obra. El vampiro colocó pegajosas telarañas y murciélagos negros colgando de las paredes y el techo. El lobo rasgó las cortinas y puso manchas de sangre falsa por todas partes. La bruja preparó una olla enorme de pociones y brebajes, y los dejó al alcance de la vista. Y el zombi juntó huesos y cráneos con los que formó una fila de seres macabros a lo largo de la entrada.
Cuando terminaron, se pararon en la puerta de la casa y se miraron los unos a los otros con una sensación de triunfo.
-¡Esto sí que da miedo! -dijo el zombi con una sonrisa de oreja a oreja.
-¡Espero que nadie se acerque! -dijo el vampiro.
-Yo creo que ya nadie se atreverá a pasar por aquí -dijo la bruja.
Pero, para su sorpresa, resultó que la gente seguía sin mirar hacia su casa ni detenerse en ella. Y eso fue un gran desaliento para la familia monstruosa. A veces, algún niño curioso se acercaba y tocaba la puerta, pero después salía corriendo porque los monstruos parecían tan aburridos que era para quedarse dormidos.
-Quizás deberíamos hacer algo más -dijo la mamá, pensativa.
-¡Podríamos dar un susto a alguien! -dijo el lobo, emocionado.
-¡El problema es que nadie entra! -dijo el vampiro.
Entonces, la bruja tuvo otra idea.
-¡Ya lo tengo! -dijo-. Vamos a salir a la calle y a buscar a alguien para asustar. ¡Ya verán cómo esto nos hará conocidos!
Los monstruos salieron a la calle temblando de miedo. Además, las calles estaban a oscuras y soplaba un fuerte viento. Pero ellos seguían adelante, buscando a alguien con quien hacer su nueva idea.
Después de caminar un buen rato, llegaron a la plaza del pueblo. Allí, se encontraron con un grupo de niños que bailaban, comían golosinas y, como cualquier otro niño, festejaban el Halloween.
-¡Esos son nuestros objetivos! -dijo el lobo, sintiéndose muy astuto.
La familia de monstruos empezó a adentrarse en la multitud, buscando un niño valiente para darles una sorpresa escalofriante.
Encontraron a uno que estaba disfrazado como un superhéroe. Era un niño atrevido, seguro de sí mismo y lleno de confianza.
En ese momento, el vampiro dio una señal y todos los monstruos lo rodearon. El niño asustado miró a su alrededor y vio a la familia monstruosa. En ese momento, se asustó mucho. Intentó correr, pero no pudo escapar porque los monstruos fueron más rápidos que él.
Lo perseguían diciendo cosas espeluznantes, y el pobre niño gritaba pidiendo ayuda. Después de un rato, el grupo de monstruos dejó de perseguirlo y lo miraron extrañados. Sólo entonces se dieron cuenta de que estaban haciendo algo muy malo.
El lobo se acercó al niño y le pidió disculpas. Le dijo que sólo estaban intentando hacer que su casa fuera más espantosa, pero que en ningún momento querían hacerle daño. El niño, al principio molesto y asustado, se calmó.
Después de disculpas y perdones, la familia de monstruos invitó al niño a tomar unos pasteles que habían cocinado esa misma noche. Los pasteles eran deliciosos y el niño se sintió bien.
-¡Quizás debamos dejar de querer dar miedo a toda costa! -dijo la mamá-. Podemos ser amigos con la gente y pasar un Halloween feliz.
Esa noche, los monstruos pasaron un Halloween lleno de sonrisas y felicidad. Se sintieron agradecidos por los nuevos amigos que habían hecho y se prometieron que, el próximo año, pasarían la mejor de las noches disfrazados y comiendo pasteles en la plaza del pueblo.