El Búho y el Tesoro del Cielo

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El Búho y el Tesoro del Cielo
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El Búho y el Tesoro del Cielo. Érase una vez un búho llamado Héctor, que vivía en el bosque más bello y tranquilo de todo el mundo. Héctor era un búho valiente y astuto, que siempre buscaba aventuras nuevas y emocionantes. Un día, se enteró de que en el cielo había un tesoro muy valioso, que muchos otros animales habían intentado encontrar, pero nadie lo había logrado. Héctor decidió que él sería el que encontraría el tesoro, y se dirigió al cielo en busca de este.

Al llegar al cielo, el búho se maravilló al ver lo hermoso que era todo. El cielo era un lugar brillante y colorido, lleno de nubes suaves y resplandecientes. Héctor voló y voló, buscando el tesoro en todas partes. Sin embargo, no tuvo suerte y no pudo encontrar nada. Héctor estaba a punto de rendirse y regresar al bosque cuando de repente, un pequeño ángel se acercó a él.

«¿Qué buscas, búho?» preguntó el ángel amistosamente.

«Estoy buscando el tesoro del cielo,» respondió Héctor. «He oído que es muy valioso y quisiera encontrarlo.»

El ángel sonrió y dijo: «Sí, hay un tesoro en el cielo, pero no lo puedes encontrar con tu fuerza o astucia. Debes demostrar tu bondad y devoción para poder acceder a él.»

Héctor no entendió lo que el ángel quería decir, pero decidió hacerle caso. El búho comenzó a recorrer el cielo y a ayudar a todos los animales y ángeles que encontraba. Ayudó a los pájaros a recoger semillas, a las mariposas a encontrar flores, y a los ángeles a limpiar las nubes. Héctor se esforzó tanto que olvidó completamente el tesoro, hasta que un día, el pequeño ángel se acercó a él de nuevo.

«Has demostrado ser un gran amigo y un alma bondadosa,» dijo el ángel. «Es hora de que revele el tesoro que tanto buscas.»

El ángel llevó a Héctor a una cueva oculta en las nubes. Allí, le dio un cofre que estaba lleno de una luz brillante y dorada. Héctor no podía creer lo que veía.

«Este es el tesoro del cielo,» dijo el ángel. «No es oro o joyas, sino la luz y la bondad que has demostrado en el cielo. Ahora, llévalo contigo y compártelo con el mundo.»

Héctor entendió entonces que el verdadero tesoro no estaba en cosas materiales, sino en las buenas acciones que hacemos en la vida. El búho regresó al bosque, más sabio y feliz que nunca. Compartió la luz del tesoro del cielo con sus amigos animales, quienes quedaron maravillados al ver la hermosa luz dorada. Juntos, Héctor y sus amigos ayudaron a que el bosque fuera aún más hermoso y floreciente, demostrando que la bondad y la amistad pueden lograr grandes cosas.

Érase una vez una pequeña mariposa llamada Margarita, que vivía en el jardín más bello del mundo. Margarita era una mariposa lista y curiosa, siempre explorando el jardín en busca de cosas interesantes. Un día, se enteró de que había un camino que llevaba al jardín más lindo y encantador de todo el mundo. Decidió que ese camino era el destino de su viaje siguiente.

Margorita viajó durante días y finalmente llegó al jardín más hermoso que jamás haya existido. Allí encontró un gran árbol con muchas ramas, y se posó en una de ellas. De pronto, una voz habló con ella, proveniente del árbol. Era la voz del espíritu del árbol, quien le dijo a Margarita que le daría un tesoro si cumplía con una tarea simple.

«Eres una mariposa muy curiosa», dijo el espíritu del árbol, «y hoy te doy una tarea que puede parecer difícil, pero se que serás capaz de realizarla. Tienes que encontrar la semilla dorada que cayó hace mucho tiempo en el jardín. Si encuentras la semilla dorada, tendrás derecho al tesoro.»

Margarita no sabía cómo encontrar la semilla dorada, pero decidió que lo intentaría lo mejor que pudiera. Empezó a explorar el jardín, buscando indicios de la semilla dorada. Pasaron días y semanas, y Margarita empezó a cansarse. Ya había explorado casi todo el jardín, pero no había encontrado nada. Se sentía desanimada, y pensaba en regresar al jardín de donde venia.

Mientras estaba en sus pensamientos, una pequeña abeja se le acercó y le preguntó qué estaba buscando. Margarita le contó la historia del árbol y de la semilla dorada. La pequeña abeja sonrió y le dijo que ella podría ayudarla.

«En realidad, sé exactamente dónde está la semilla dorada», dijo la abeja. «He volado por este jardín durante años y la he visto muchas veces. Pero no se lo he contado a nadie porque me da miedo que alguien se la lleve sin mérito.»

Margarita le agrada la abeja, y le explicó que ella quería la semilla para obtener el tesoro del árbol, ayudando con la tarea del espíritu.

La abeja asintió, comprensivamente. «Entonces, te mostraré dónde está,» dijo, y voló hacia la parte menos explorada del jardín. Allí, en una hoja grande, apareció la semilla dorada. Margarita no podía creer lo que veía, y agradeció a la abeja por ayudarle con la tarea.

Margarita voló hacia el árbol, trayendo consigo la semilla dorada. Se la presentó al espíritu, y él le entregó su tesoro. No era realmente un tesoro físico, pero si algo mucho más precioso.

«El tesoro que te otorgo es el conocimiento y la experiencia que has reunido en tu búsqueda,» explicó el espíritu del árbol. «No siempre encontrarás lo que buscas, pero ese no es el punto. La odisea de tu búsqueda te dará todo lo que necesitas y más.»

Margarita entendió entonces que el verdadero tesoro estaba en el viaje en sí. La pequeña mariposa regresó a su jardín, llevando consigo el conocimiento y la sabiduría que obtuvo de su búsqueda. Compartió su sabiduría con los demás animales del jardín, quienes quedaron maravillados al escuchar sus increíbles aventuras. Margarita aprendió que el verdadero tesoro es enriquecerse con lo que se aprende en el camino.

Y colorín colorado este cuento se ha acabado.
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