El caldero de la bruja. Érase una vez, en un bosque encantado, un pequeño zorro pelirrojo llamado Tito. Tito era un zorro muy alegre, al que le encantaba recorrer el bosque en busca de aventura y nuevos amigos. Su mejor amigo era un búho llamado Argo, con quien compartía sus aventuras y travesuras.
Un día, mientras Tito y Argo volaban por el bosque, vieron una extraña humareda que salía de un caldero en medio del camino. Tito, curioso como siempre, decidió acercarse a investigar. Argo, sabio como siempre, le advirtió que tuviera cuidado, ya que no sabía qué podía estar dentro del caldero.
Tito, sin hacer caso de las advertencias de su amigo, se acercó al caldero y se asomó. Lo que vio lo dejó asombrado: una bruja malvada estaba cocinando un brebaje oscuro y tenebroso. Tito, temeroso, intentó salir corriendo, pero fue demasiado tarde. La bruja lo había visto y lo había atrapado.
—¿Qué haces aquí, pequeño zorro? —dijo la bruja con una voz ronca y desagradable.
—Lo siento, señora bruja. No sabía que este lugar era suyo —respondió Tito, tratando de parecer valiente.
—No importa. Ya que estás aquí, te convertiré en mi esclavo y trabajarás para mí hasta que me aburra de ti —amenazó la bruja.
Tito sabía que tenía que intentar escapar, pero no sabía cómo. Argo, desde la distancia, lo miraba con preocupación, preguntándose cómo podría ayudarlo. Sin embargo, no podía arriesgarse a acercarse demasiado, ya que la bruja sabía que él también estaba ahí.
La bruja llevó a Tito a su guarida, un oscuro y húmedo calabozo que olía a muerte y desesperanza. Allí, le ordenó que trabajara para ella sin descanso, realizando todo tipo de tareas que le parecieran útiles o necesarias. A cambio, le daba un pequeño pedazo de pan y algo de agua para beber.
Tito sabía que debía encontrar la manera de escapar de allí. No quería pasar el resto de su vida en la guarida de una bruja malvada, trabajando sin descanso y sin poder disfrutar de la libertad que tanto amaba.
Así que cada noche, después de que la bruja se durmiera, Tito intentaba encontrar una manera de escapar. Pero todo estaba tan oscuro y peligroso que parecía imposible. Unas noches, intentaba deslizarse por las ventanas, pero estaban selladas con magia negra. Otras, intentaba abrir la puerta del calabozo, pero estaba tan bien cerrada que no había forma de abrirla.
Pero una noche, cuando todos menos lo esperaban, Tito sintió que algo había cambiado. La bruja había dejado la puerta del calabozo abierta por un descuido, y podía escuchar que estaba profundamente dormida. Tito, con la esperanza de poder escapar, guardó silencio y se movió lentamente hacia la puerta.
Gracias a su astucia, Tito logró escapar de la guarida de la bruja. Corrió todo lo que pudo hasta que llegó a un claro del bosque, donde se encontró con Argo. El búho estaba esperando afuera, observando atentamente para asegurarse de que Tito saliera sano y salvo.
—¿Estás bien, amigo? —preguntó Argo, preocupado.
—Sí, gracias a ti —respondió Tito, aliviado.
Los amigos se abrazaron y sonrieron aliviados. Pero sabían que no podían descansar hasta asegurarse de que la bruja no pudiera hacerles daño nunca más. Así que, juntos, idearon un plan para derrotar a la bruja y liberar a todos los animales del bosque.
La noche siguiente, regresaron al escondite de la bruja. Pero esta vez, venían armados de coraje y astucia. Mientras Argo distraía a la bruja con sus travesuras, Tito buscó una manera de destruir su caldero y acabar con su magia negra.
Finalmente, encontró una solución: lanzó agua del río en el caldero de la bruja, haciendo que el brebaje negro y tenebroso se volviera inofensivo y se evaporara. La bruja, al darse cuenta de que había perdido su fuente de poder, se rindió y prometió no hacer más daño nunca más.
Tito y Argo habían derrotado a la bruja malvada y habían liberado a todos los animales del bosque. Este se volvió un lugar mucho más seguro y feliz, gracias al coraje y el ingenio de estos amigos. Y a partir de ese día, Tito y Argo se convirtieron en dos de los héroes más queridos del bosque encantado.