El Dinosaurio y el León. Hace muchos años, en un bosque lejano vivía un león llamado Simba. Era el rey de la selva y sabía que ninguna criatura se atrevía a desafiarlo. Pero un día, mientras cazaba en el bosque, descubrió que no era el único animal fuerte que habitaba allí.
Fue entonces cuando se topó con un dinosaurio gigante, con unas fauces impresionantes y una fuerza sobrehumana. Simba, poco acostumbrado a no ser el más poderoso, le gruñó y le rugió furioso al intruso, pero el dinosaurio simplemente lo miró y se retiró sin decir una palabra.
Al principio, Simba no le tomó ninguna importancia, pensando que aquel visitante era solo un viajero que se encontraba de paso. Pero cada día que pasaba, el dinosaurio volvía a aparecer en el bosque, vagando entre los árboles y recogiendo frutas y hojas para alimentarse.
Simba estaba cada vez más irritado con la presencia del dinosaurio y comenzó a planear cómo expulsarlo de su territorio. Así que se acercó al dinosaurio y le dijo:
– ¡Hey! ¿Quién eres tú? ¿Qué haces aquí?
El dinosaurio lo miró con una calma imperturbable y respondió:
– Soy un habitante más de este bosque. No soy un rival para ti y no pretendo hacerle daño.
– Pero aquí mandas yo. Fuera de aquí – gruñó Simba.
– No faltará oportunidad para cada uno en este bosque. Entonces, ¿por qué permitir que nuestros egos se interpongan en compartir una tierra agradable y abundante? – respondió el dinosaurio.
Simba se sorprendió de la respuesta y, aunque sintió una puntada de admiración por aquel ser extraño, no pudo evitar sentirse desafiado. Decidió que la única manera de demostrar su superioridad sobre el dinosaurio sería en una carrera.
– Te propongo una carrera – propuso Simba. – La carrera termina al otro lado del río. ¿Aceptas el reto?
El dinosaurio sonrió y respondió que sí. Simba estaba convencido de que sería fácil ganar y esperaba poder echar al dinosaurio para siempre. Empezaron a correr y Simba salió rápidamente. Miró hacia atrás y vio que el dinosaurio no había comenzado aún a correr.
– Tengo esto ganado – pensó Simba. Pero entonces, escuchó cómo el dinosaurio comenzaba a moverse. Increíblemente, estaba todo el tiempo corriendo directamente encima de los árboles, aterrizando a duras penas y haciendo un gran ruido al caer en el suelo.
Simba, desconcertado, pensó en detenerse y observar cómo el dinosaurio hacía la carrera que parecía imposible. Pero su ego no se lo permitió, siguió corriendo hasta el final y llegó al otro lado. Cuando llegó, pensó que había ganado, pero cuando miró hacia atrás descubrió al dinosaurio inesperadamente frente a él.
Simba no podía creer sus ojos. Había visto al dinosaurio todo el tiempo corriendo directamente encima de los árboles, saltando de uno a otro a una velocidad que parecía imposible.
– Piénsalo bien, Simba – dijo el dinosaurio. – Las carreras no esconden las verdaderas habilidades. Tenía un truco en mi manga, pero eso no significa que pueda o vaya a ser una amenaza para ti.
Simba se sintió muy incómodo ante la sabiduría y la humildad que mostraba el dinosaurio y se dio cuenta de que no podía echarlo del bosque.
– Bien – respondió Simba. – Ya que no te vas a ir, supongo que deberíamos convivir en paz.
Desde entonces, el dinosaurio y Simba se convirtieron en amigos y aprendieron mucho el uno del otro. El león aprendió a ser más modesto y a no subestimar a los demás por su tamaño, mientras que el dinosaurio aprendió a aceptar la generosidad de los demás. Juntos pasaron gran parte de sus días cazando, corriendo y explorando el bosque, en una amistad que duraría toda la vida.