El Dragón y el Reino de las Nieves. Hace mucho tiempo, en un reino lejano rodeado de montañas y nieve, habitaba un dragón solitario. Él era el gran protector del reino, pero nadie lo conocía en persona. Los ciudadanos creían que era un mito, una criatura inventada por los reyes para mantener el orden.
El dragón no estaba triste por su soledad, siempre había sido así. Pero a medida que pasaba el tiempo, comenzó a sentir la necesidad de compartir su vida con alguien. Algo que lo hiciera sentir más vivo que nunca.
Un día, mientras volaba por el territorio, el dragón descubrió a una niña perdida en la nieve. La niña estaba temblando y a punto de morir congelada. El dragón no lo pensó dos veces y la envolvió en sus garras. La llevó a la cueva donde vivía y la arropó con su aliento cálido hasta que se calentó.
La niña, llamada Mei, despertó horas después y se encontró cara a cara con el dragón. Mei estaba abrumada por la situación, pero al mismo tiempo, fascinada por la criatura que la había salvado. El dragón no era el monstruo que había imaginado en sus sueños, sino un ser amable y bondadoso.
Desde ese día, Mei se convirtió en la única amiga del dragón. Durante días, semanas, e incluso años, Mei y el dragón exploraron juntos el reino de las nieves, volando por encima de las montañas e incendiando la nieve con el fuego del dragón. Juntos, eran un equipo imparable.
La amistad entre Mei y el dragón crecía día a día, pero un día un grupo de guerreros invadió el reino. Los guerreros eran liderados por la reina Shan, quien buscaba el corazón del dragón para obtener su poder eterno. Mei y el dragón lucharon contra ellos, pero la reina era mucho más fuerte que ellos.
En su intento de proteger a Mei, el dragón recibió una herida mortal. Mei estaba desolada, no sabía qué hacer. Pero entonces recordó un cuento que su abuela le había contado sobre una flor mágica que crecía en lo más alto de la montaña más alta del reino. Según el cuento, la flor tenía propiedades curativas y podía salvar incluso a los más heridos.
Mei decidió escalar la montaña en busca de la flor mágica para curar al dragón. El camino era peligroso, las rocas eran traicioneras y la nieve se hacía más alta según subía. Pero Mei no se detuvo. Usó todo su coraje y fuerza para llegar a la cima.
En lo alto de la montaña, encontró la flor mágica. La tomó entre sus manos, rezando para que pudiera salvar a su amigo. Cuando regresó a la cueva, Mei aplastó la flor y cubrió la herida del dragón con su líquido. Al instante, la herida comenzó a cerrarse y el dragón respiró profundamente.
Mei había salvado a su amigo. Pero la reina Shan seguía buscando el corazón del dragón para obtener su poder. Mei y el dragón se prepararon para la última batalla. Fue una lucha difícil y ardua, pero finalmente Mei y el dragón lograron vencerla.
El dragón y Mei se miraron. Estaban cansados pero al mismo tiempo, aliviados. El dragón agradeció a Mei por salvar su vida y Mei agradeció al dragón por ser su amigo.
La amistad entre el dragón y Mei había cambiado sus vidas para siempre. Había enseñado el valor de tener un amigo, la importancia del coraje y la fuerza de voluntad. A partir de ese momento, el dragón no estaba solo en el mundo, ya que Mei había llegado para quedarse.
La amistad había prevalecido. Y así, el reino de las nieves volvió a brillar con un resplandor más intenso que antes. Los ciudadanos habían aprendido la verdad sobre la existencia del dragón, y lo honraron con un gran respeto. El dragón ya no era un mito, sino un héroe que había salvado la vida de sus habitantes.
Y por eso, Mei y el dragón vivieron felices para siempre en el reino de las nieves, rodeados de amigos y alegría. La amistad entre ellos se mantuvo fuerte durante años, dejando a entender que el tiempo pasa, las cosas cambian, pero la verdadera amistad es para siempre.