El patito feo. Érase una vez, en un gran estanque que se encontraba en un parque, vivía una familia de patos muy feliz. Tenían muchos amigos, se divertían juntos y siempre estaban jugando. Pero un día, una mamá pata puso un huevo que era diferente a los demás. Cuando el huevo se rompió, todos los patos se sorprendieron al ver que de él salió un patito muy feo y diferente a ellos.
El patito era torpe y desgarbado, y tenía plumas de un color diferente al de sus hermanos. Todo el mundo en el estanque comenzó a burlarse de él, y lo llamaron «El patito feo». Nadie quería jugar con él, y se sentía solo y triste.
El pobre patito se quedaba todo el día solo en un rincón del estanque, sin comprender por qué todos los demás patos lo rechazaban. Él no sabía que era diferente, y lo único que quería era tener amigos y jugar como todos los demás patos lo hacían.
Un día, el patito feo decidió irse del estanque y buscar un nuevo hogar. Sabía que no pertenecía allí, así que decidió enfrentar su destino y buscar su lugar en el mundo. Así que se puso en marcha, y comenzó a caminar sin rumbo fijo.
Caminó y caminó, hasta que llegó a un bosque muy oscuro y tenebroso. Allí, se encontró con otros animales que lo miraron con curiosidad. Pero para sorpresa del patito, esos animales no se burlaron de él. Al contrario, lo aceptaron tal y como era, sin burlas ni prejuicios.
El patito feo se sintió muy feliz por primera vez desde que nació. Finalmente había encontrado el amor y la aceptación que tanto anheló en su vida. Y aprendió una lección muy importante: no importa cuán diferentes seamos, todos merecemos amor y respeto.
Con el tiempo, el patito feo se convirtió en un pato muy hermoso y fuerte. Y aunque siempre recordaba la tristeza de su pasado en el estanque, nunca se sintió solo de nuevo. Tenía amigos maravillosos que lo amaban y lo aceptaban como era.
Un día, el patito decidió regresar al estanque donde nació. Aunque lo asustaba la idea de volver al lugar donde lo rechazaron, quería demostrarle a todos que había encontrado su lugar en el mundo.
Cuando llegó al estanque, todos los patos lo reconocieron de inmediato. Al principio, algunos de ellos todavía lo miraban con desprecio. Pero pronto, se dieron cuenta de que el patito feo había cambiado. Ya no era un patito débil y feo, sino un pato hermoso y poderoso.
Los patos se arrepintieron de haberlo rechazado, y le pidieron disculpas. Pero el patito feo no les guardaba rencor. Sabía que la vida puede ser dura y que la gente puede ser cruel. Pero también sabía que había encontrado el amor y la aceptación, y que nada de lo que los demás pensaran podría cambiar eso.
Desde ese día, el patito feo vivió feliz con su nueva familia. Y aunque de vez en cuando recordaba la tristeza que sintió en el estanque, sabía que eso le dio la fuerza para encontrar su lugar en el mundo.
Así que la moraleja de esta historia, queridos niños y niñas, es que siempre debemos ser empáticos con los demás, sin importar cuán diferentes sean. Debemos aceptar a las personas tal y como son, y no juzgarlas por su apariencia o sus defectos. Porque todos merecemos amor y respeto, y ser diferentes es lo que nos hace únicos y especiales.