El Príncipe Bailarín. Érase una vez en un reino muy lejano, donde los bosques eran verdes y los ríos cristalinos, vivía un príncipe diferente a los demás. Su nombre era Frederick y toda su vida había deseado ser bailarín. Desde pequeño, había observado los movimientos gráciles y armoniosos de los dragones voladores del reino, y se había propuesto aprender a bailar de la misma forma.
Pero al crecer, se dio cuenta de que sus habilidades en la danza no eran muy buenas. Era un príncipe alto y fuerte, pero sus movimientos eran toscos y descoordinados, lo que hacía que las personas se burlaran de él. Sin embargo, Frederick no se dejó amedrentar por las risas y decidió seguir practicando cada día, con la ayuda de un anciano maestro de baile.
Un día, en un baile real, Frederick decidió sorprender a todos con sus habilidades. Se colocó en el centro del salón y comenzó a bailar de una forma tan hermosa y elegante que dejó a toda la audiencia boquiabierta. Mientras avanzaba por el salón, gran parte de las personas lo acompañaban mientras el resto aplaudía.
La hermosura y gracia de su danza no pasó desapercibida para la princesa del reino, que era una bailarina muy talentosa. Al terminar su presentación, Frederick se acercó a ella y le pidió que fuera su compañera de baile. Ella accedió, y desde entonces, ambos comenzaron a entrenar juntos todas las tardes.
Frederick se dedicó de lleno a la danza, y aquellos que se reían anteriormente, ahora lo admiraban y lo respetaban. Su destreza en la danza aumentaba a medida que pasaba el tiempo, y la gente no dejaba de aclamarlo.
Pero un día, mientras practicaba con la princesa, se enteraron de que una bruja malvada había lanzado un hechizo sobre el reino. El encantamiento había hecho que todo el bosque quedara cubierto de una espesa niebla, impidiendo que la gente siguiera sus actividades cotidianas.
El rey convocó a su consejo, y todos discutieron algún plan para deshacer el maleficio de la bruja. Fue entonces cuando Frederick se levantó y dijo: «Yo puedo hacerlo. Si aprendí a bailar, también puedo aprender a deshacer hechizos.»
A pesar de que algunos consejeros se burlaron de él, otros lo apoyaron con entusiasmo. Frederick reunió su coraje y se internó en el bosque. Allí, se dio cuenta de que el hechizo no era nada fácil de disolver.
Pero su pasión por la danza lo ayudó a encontrar la solución. Al bailar con gracia y elegancia, la magia de su movimiento rompió el hechizo, dispersando la niebla y llevando de vuelta la alegría y el entusiasmo en el reino. Los habitantes lo ovacionaron por su hazaña y, después de eso, nunca más se burlaron de él.
Ahora, cada año, se organizaba un gran baile en honor a Frederick, donde él y la princesa, su compañera de danza, abrían la pista con el baile más hermoso que se haya visto en el reino.
Desde ese día, Frederick fue conocido como el príncipe bailarín, y siempre recordaban su coraje y sus habilidades en la danza. Y así fue cómo Frederick descubrió su verdadera pasión y se convirtió en uno de los grandes héroes del reino.