El Viaje de Papá Noel a la Ciudad de las Estrellas. Érase una vez, en una noche fría de diciembre, en el Polo Norte, la casa de Papá Noel estaba silenciosa. Sus ayudantes elfos habían terminado de preparar los regalos para Navidad y se habían quedado dormidos exhaustos en sus camas. No había mucho trabajo por hacer en la casa de Papá Noel en esta época del año, pero eso no significaba que su mente estuviera tranquila.
Papá Noel se sentía un poco triste. Sabía que este año había sido difícil para muchos niños en todo el mundo debido a la pandemia, y que muchos no podrían celebrar la Navidad como siempre lo hacían. Así que se sentó en su sillón favorito, mirando por la ventana, preguntándose qué podía hacer para poner una sonrisa en el rostro de todos los niños en Navidad, incluso si no podían estar con sus amigos y familiares.
De repente, una idea cruzó su mente. Recordó haber oído hablar de la Ciudad de las Estrellas, un lugar mágico en el cielo donde las estrellas brillaban tan intensamente que parecía que alguien podía tocarlas. ¿Qué tal si llevaba a los niños allí? Sería un lugar mágico que nunca olvidarían. Papá Noel sabía que sería un viaje difícil, pero si alguien podía hacerlo, sería él.
Así que, sin pensarlo mucho, Papá Noel decidió emprender el viaje a la Ciudad de las Estrellas. Despertó a sus ayudantes, que se sorprendieron al verlo tan decidido en la mitad de la noche y sin saber exactamente cual era su tarea. Pero no pasó mucho tiempo antes de su entusiasmo se contagió a todos y comenzaron a ayudarlo a preparar todo lo que necesitarían para el viaje.
Papá Noel se aseguró de llevar suficiente comida y bebida para todos, así como mantas y abrigos extra para mantener a todos calientes en el camino. Sabía que era un viaje largo y peligroso, pero también sabía que sería útil tener a sus mejores ayudantes a su lado. Los elfos arreglaron el trineo y se prepararon para salir.
Se levantaron temprano en la mañana, cuando todavía estaba oscuro en el Polo Norte, y comenzaron la travesía. Los renos se mantuvieron en perfecta línea, como siempre, y Papá Noel animaba a todo el equipo de vez en cuando. Pronto, sin embargo, se dio cuenta de que el viaje sería más difícil de lo que había pensado.
El viento se había levantado en la noche, y la nieve soplaba de manera intermitente a través de la tundra polar. Papá Noel tuvo que poner toda su habilidad como conductor de trineo para mantener a los renos en la pista y evitar que se desorientaran. Pero poco a poco, y con mucho esfuerzo, comenzaron a avanzar, su camino iluminado solo por las estrellas.
Pasó el tiempo y la excitación del viaje se transformó en cansancio y angustia. Los elfos estaban empezando a cansarse, y el camino se hacía cada vez más difícil a medida que avanzaban en su ascenso hacia la Ciudad de las Estrellas. Pero Papá Noel no había venido tan lejos solo para rendirse.
Inspirando a su equipo, recogió arriba cada uno de los elfos, recordándoles la alegría que este viaje traería a los niños. Sabía que no habría ningún otro Papá Noel que pudiera llegar a la Ciudad de las Estrellas con los regalos de Navidad, y no iba a decepcionar a nadie. Así que continuaron en su camino, apoyándose y animándose mutuamente hasta que por fin alcanzaron la cima de una gran montaña alta.
Allí, en la cima de la montaña, la vista del cielo nocturno era espectacular. Las estrellas brillaban tan intensamente que parecía que se habían acercado mucho más. Papá Noel no podía evitar la emoción que le invadió en ese momento. Sabía que este era el lugar perfecto para llevar a los niños, y estaba seguro de que esto les traería un poco de felicidad durante la época navideña.
Así que, después de un breve descanso para animar a sus ayudantes y alentarlos de nuevo en su tarea, Papá Noel y los elfos comenzaron a descender hacia la Ciudad de las Estrellas. El viaje fue más fácil esta vez, y pronto llegaron al borde de la ciudad. La vista desde allí era impresionante: las estrellas brillaban tan intensamente que parecía que todo el cielo estaba cubierto de ellas.
Papá Noel se tomó un momento para disfrutar del espectáculo, sintiendo una gran alegría al ver que todo el sufrimiento y esfuerzo había valido la pena. Luego, con una sonrisa en el rostro, se preparó para dirigir su equipo de ayudantes elfos y comenzó a rondar la ciudad. Los niños se asomaban por cada ventana, sorprendidos y emocionados de ver que Papá Noel había venido a visitarlos. Pronto, sin embargo, se dio cuenta de que había más niños de los que había imaginado. Un camino interminable lo llevó a más y más casas de niños que nunca había visitado antes.
Pero no se rindió. Con cada niño que visitaba, se recordaba a sí mismo por qué estaba allí y la felicidad que un poco de magia podría traer a estos muchachos. Entregaba regalos y abrazos con una sonrisa en el rostro y palabras alentadoras en sus labios. Y a medida que continuaba el día, y su trineo volvía al Polo Norte, Papá Noel sabía que había logrado lo que se había propuesto para esta navidad.
Había llevado la magia de la Navidad a la Ciudad de las Estrellas, y había hecho todo lo que estaba en su poder para asegurarse de que todos los niños recibieran un poco de amor y alegría durante estas vacaciones difíciles. Después de todo, como dijo el propio Papá Noel, «no hay nada más importante que hacer sonreír a un niño».