La bruja y el dragón de hielo. Érase una vez, en un reino lejano, una bruja llamada Morgana. Ella vivía aislada del resto de la sociedad, y era temida por todos los habitantes del reino. Poseía un conocimiento mágico que no tenía comparación, y según los rumores, incluso había sido capaz de levantar a los muertos.
Pero Morgana no era malvada, no del todo. Con el corazón destrozado por la desaparición de su única amiga, había decidido alejarse de todo y de todos, y sumergirse en su magia.
Un día, Morgana decidió ir a dar un paseo por el bosque. Mientras caminaba, se topó con un dragón de hielo que estaba herido. El animal clavó sus ojos helados y tristes en los de la bruja y ella, sin poder resistirse a su mirada, decidió ayudarlo a curar sus heridas.
Juntos, Morgana y el dragón de hielo iniciaron un camino de amistad, descubriendo lo mejor el uno del otro. El dragón le enseñó a Morgana a volar en su lomo, y ella compartió con él sus hechizos mágicos.
Un día, el rey del reino le pidió a Morgana que lo ayudara a derrotar a un ejército de ogros que estaban saqueando las aldeas del sur. Aunque Morgana nunca había tenido buenas relaciones con el rey, decidió acceder a su petición y convocó una tormenta mágica que envolvió a los ogros.
Pero durante la lucha, el dragón de hielo fue malherido con una flecha. Morgana, desesperada, convocó todo su conocimiento mágico para sanarlo, pero nada parecía funcionar. El dragón agonizaba en sus manos, y Morgana se sentía impotente ante su sufrimiento.
Entonces, decidió hacer un hechizo que nunca antes había intentado, uno que le costaría todo su poder mágico: la transferencia de alma. Sabía que si el hechizo fallaba, ella moriría, pero no podía dejar que su amigo muriera.
Con todo su poder mágico, Morgana tomó el alma del dragón de hielo y la introdujo dentro de su cuerpo. Apareció una extraña sensación de frío que se adueñó de su ser en el mismo momento en que una extraña luz brillaba en su mano derecha.
Cuando la luz desapareció, Morgana se dio cuenta que había perdido toda su magia. Pero no se preocupó por ello, la alegría de haber salvado la vida del dragón era más importante en ese momento.
Mientras examinaba su mano para percatarse del extraño brillo que la había animado, ahora algo ya desvaído, se dio cuenta que algo había cambiado en su interior. La presencia del dragón de hielo había despertado en Morgana una nueva conciencia, una nueva perspectiva sobre su vida.
Desde ese momento, Morgana descubrió la verdadera amistad y el amor que sólo se puede vivir en la entrega y el sacrificio. Aunque ya no tenía su magia, había aprendido algo mucho más valioso que cualquier hechizo que pudiera hacer: la importancia de la bondad y la amistad.
Y así, la alegría de haber salvado la vida de su amigo, y el amor que compartían, la impulsaron a seguir viviendo. Y aunque desde entonces Morgana vivió sin magia, nunca se arrepintió de su decisión. Había aprendido que el amor y los lazos de amistad sanan heridas más profundas que cualquiera de sus hechizos mágicos.
Y como Morgana y el dragón, prohibió que algunos amigos no se pierdan por pequeñeces. El camino de la amistad enseña a valorar los pequeños detalles, y a reconocer que, ante nuestros ojos, puede haber seres maravillosos esperando a ser descubiertos.