La bruja y el laberinto de la imaginación

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La bruja y el laberinto de la imaginación
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La bruja y el laberinto de la imaginación. Érase una vez una bruja llamada Morgana que, cansada de la monotonía de su vida en la cabaña enclavada en el bosque, decidió salir a explorar. Atravesó los árboles y llegó hasta un imponente laberinto rodeado de un aura mágica que la invitó a adentrarse en sus pasillos.

Morgana intercambió su varita por una linterna y comenzó a caminar por el sinuoso sendero del laberinto, sin saber a dónde la llevaría. Pronto, se dio cuenta de que los muros del laberinto parecían cambiar de posición y que su camino se alargaba, dificultando su avance. La bruja recordó entonces una técnica de meditación que solía practicar y se aferró a su vara, cerrando los ojos y concentrándose en su respiración.

Reabrió los ojos y se dio cuenta de que algo había cambiado. Los muros negros que la rodeaban se habían vuelto brillantes, como si estuvieran cubiertos de cristales. Al frotarlos con la mano, éstos comenzaron a encenderse, dejando a Morgana perpleja. Se pinchó el dedo y una gota de sangre cayó sobre el cristal, provocando que se formara una puerta que la invitaba a seguirla.

Morgana atravesó la puerta y se encontró en medio de un jardín mágico, repleto de árboles coloridos y flores que parecían tener vida propia. Caminó por el jardín y encontró una placa que decía: «El jardín de la inspiración». De repente, una idea brillante vino a ella, una sonrisa se formó en su rostro y sintió la gran creatividad que la había invadido.

Continuó en su camino, dejándose guiar por la brillantez de la luz que emana cada rincón de ese extraño mundo, y encontró un espejo gigante. Al acercarse, vio su propio reflejo y, al mismo tiempo, una imagen cercana a ella que parecía ser su propia mente; la única diferencia era que el entorno donde se encontraba era una oscuridad total.

Morgana se acercó a su prisionera sombra y la libertó de su estado de depresión y confusion, permitiendo que ambas se unieran en una sola forma, más fuerte y poderosa de lo que había sido antes.

Continuaron su marcha por el laberinto y llegaron a una puerta que decía: «Tu peor pesadilla». Morgana tomó su varita y la empuñó con fuerza. Abrió la puerta y, para su sorpresa, encontró a un hombre que le sonreía. El hombre le dijo que él era sus miedos en persona y que gracias a ella, no lo necesitaba más, ya que su corazón se llenó de inspiración y desató su imaginación.

Siguiendo su camino, Morgana encontró una cueva que parecía no tener fin. A pesar de la oscuridad, avanzó temerosa y encontró un lago lleno de luz, en cuya superficie reflejaba el interior de su mente. Comenzó a remar en un bote de madera que encontró cerca y, poco a poco, empezó a reconocerse a sí misma a través de esos espejos psicológicos.

Después de horas de recorrer su mente y descubrir la multitud de matices que la hacía quien era, Morgana llegó a la conclusión de que el laberinto había sido su escape para enfrentar sus sentimientos y emociones, salir fortalecida de él y armada de recursos para enfrentar su futuro.

Finalmente, después de tanto navegar en su propia subconsciencia, Morgana se encontró ante la última puerta que había visto hasta ahora. Era de una madera desgastada y tenía la peculiaridad de no tener ningún tipo de adorno. Abrió la puerta y se encontró en una cima, donde alcanzó lo más alto del mundo físico. Y allí, ante el horizonte, se encontraron los restos de una ciudad de cristal. Se encontró al límite de la realidad misma, e inmediatamente, se hizo consciente de que su imaginación la había llevado a ese lugar.

La bruja Morgana, insatisfecha con todas las maravillas que había visto, cerró la puerta de su laberinto y regresó por el sendero que la había llevado a él. Sabía que debía volver a su cabaña, donde la espera aguardaba. Sin embargo, no podría volver a esa vida monótona que había llevado hasta ahora. Ahora, su mente estaba llena de nuevos y vibrantes colores, nuevos significados y posibilidades, y nunca volvería a ser lo mismo de antes. Se encontró con una nueva vida, en la que crecería y florecería en cada uno de los rincones de su corazón.

Así fue como Morgana caminó por la puerta de su cabaña con una sonrisa en su rostro y de qué forma la vida entera cambió a partir de el momento en que decidió detenerse y adentrarse en sí misma. El tiempo, esa constante que nunca se detiene, se dispuso a maravillar a todos los que se cruzaron en su camino, y Morgana no fue la excepción.

Y colorín colorado este cuento se ha acabado.
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