La bruja y el reloj de arena. Érase una vez en un pequeño pueblo rodeado de montañas, vivía una bruja muy peculiar. No tenía verrugas en la nariz ni un sombrerito cónico en la cabeza; esta bruja se distinguía por su traje de color verde esmeralda que siempre llevaba puesto. Se llamaba Adalicia y su gran habilidad era la alquimia. Gracias a sus pociones mágicas, la gente del pueblo se acercaba a su morada para pedirle ayuda en sus problemas cotidianos.
Un día, la reina del Reino vecino la llamó para solicitar su ayuda. Estaba preocupada porque el hijo del rey, el príncipe Fernán, caía en un profundo sueño cada noche y no despertaba hasta el siguiente día. La reina buscaba desesperadamente una solución para el extraño mal del príncipe, por lo que recurrió a los poderes de la bruja.
Adalicia, con la seguridad que le da la experiencia en su trabajo, aceptó el encargo. A cambio, solicitó una receta de una poción que sólo ella conocía. La reina accedió sin titubeos y le prometió que cuando la receta estuviera en sus manos, se la haría llegar inmediatamente.
Con los ingredientes en sus manos, Adalicia trabajó sin descanso en su laboratorio para encontrar una solución para el insomnio del príncipe. Encontró la respuesta en uno de sus libros más antiguos, en una página que hablaba del reloj de arena de la bruja. Este objeto mágico tenía el poder de controlar el tiempo y las emociones de aquellos que lo poseían.
Adalicia sabía que una de las peculiaridades del reloj era que, si se giraba en sentido contrario a las agujas del reloj, su arena podía modificar el curso de acontecimientos en el espacio y el tiempo. Así que decidió emplear la arena para detener el sueño de Fernán y revertir el mal que aquejaba al príncipe. Adalicia le dio personalmente el amuleto al rey y le ordenó que lo usara cada noche al momento de dormir.
Los días pasaron sin que la reina le hiciera llegar la receta prometida y Adalicia comenzó a preocuparse. La bruja empezó a sospechar que algo no estaba bien, así que pidió a su correcaminos mensajero, el pájaro cantor, que fuera a buscar a la reina y que la convenciera de entregarle la receta.
El pájaro esperó pacientemente en el patio del castillo la llegada de la reina. La encontró cuando salió de su habitación; se acercó, buscando con su particular canto atraer su atención, y le entregó el mensaje que la bruja le había encargado. La reina, asombrada por la presencia del pájaro, decidió entregar la receta inmediatamente.
Con la receta en su poder, Adalicia preparó la poción que le prometió al rey y se la entregó. El monarca agradecido y maravillado por la eficacia de la poción, ofreció a la bruja una recompensa que ella rechazó, aclarando que bastaba con tener la satisfacción de haber ayudado.
Adalicia regresó a su morada, agradeciendo al pájaro por su servicio. Desató el amuleto del reloj de arena que había entregado al rey y se dispuso a guardar el objeto en su lugar. Pero antes de hacerlo, quiso saber qué había pasado la noche anterior en el reino vecino, así es que decidió comprobar la aguja del reloj.
Para su sorpresa, se dio cuenta de que el reloj se había detenido en el momento en que entregó el amuleto al rey, en la hora y el lugar exacto. Adalicia comprendió que el amuleto no había regresado a su poder porque la reina nunca cumplió con lo que se había comprometido. Si bien no sabía explicar la causa, sabía que ella debía tomar medidas para que la maldad no siguiera avanzando.
Entonces, Adalicia volvió al castillo, esta vez por voluntad propia. Cuando le contó al rey sobre lo que había ocurrido, el monarca quiso tomar medidas drásticas, pero la bruja negó la idea diciendo que era tiempo de dejar a los reyes en manos de su elección.
Adalicia se dirigió al pueblo y llamó a todos los ciudadanos a una asamblea pública. A su llegada, les explicó todo lo sucedido y les pidió ayuda para proteger a aquellos que se encontraban en una situación vulnerable. Ante su solicitud, la gente prometió defender a cualquier persona que las autoridades no quisieran o pudieran ayudar.
Desde ese día, Adalicia se convirtió en una heroína y gran figura pública del pueblo. Ya no se le temía y la gente sabía que podían confiar en ella. El reloj de arena se convirtió en el amuleto de la buena fortuna, Adalicia en la protectora y curandera de los enfermos, y el pueblo vivió feliz y agradecido de haber tenido a una bruja tan maravillosa.