La bruja y el río de las estrellas. Érase una vez, en un mundo mágico, una bruja llamada Malvina. Ella era conocida por ser extremadamente poderosa y astuta, pero también por ser solitaria y amargada. Malvina vivía en una casita pequeña en el bosque, rodeada de plantas y animales que le servían como sus ayudantes.
Un día, mientras Malvina paseaba por el bosque, se topó con un río cuyo agua brillaba con destellos plateados. La bruja sabía que aquel río era el famoso Río de las Estrellas, cuyas leyendas indicaban que estaba habitado por seres mágicos y que era el puente que conectaba el mundo humano con el mundo de los espíritus.
Malvina se acercó al río y observó sus aguas centelleantes. La curiosidad de la bruja la llevó a pensar que quizás podría encontrar una forma de aumentar sus poderes con la ayuda de aquellos seres mágicos.
Decidida, Malvina se arriesgó y entró al río. A medida que avanzaba, la temperatura del agua aumentaba, haciéndose cada vez más intensa. Cuando estuvo a punto de desistir, la bruja notó que las aguas se calmaron y que una sensación tranquilizadora envolvió su cuerpo.
Fue entonces cuando una criatura mágica se acercó lentamente hacia ella. Era un ser majestuoso, con alas de mariposa y piel de oro, que se presentó como el guardián del Río de las Estrellas. Con una voz dulce y amable, el guardián preguntó a Malvina el motivo de su incursión en aquel lugar sagrado.
La bruja explicó sus deseos y le pidió al guardián que la ayudara a aumentar su poder, pero él le dijo que eso era imposible, pues él no tenía el poder de dar lo que ella buscaba. Sin embargo, el guardián le ofreció a Malvina una nueva oportunidad: podía quedarse en el río durante tres noches consecutivas, y durante esas noches, tendría la posibilidad de recibir la ayuda que buscaba.
Malvina aceptó la oferta del guardián y se quedó en una pequeña cabaña que se encontraba en la orilla del río. La bruja esperó con ansias la primera noche, con la esperanza de recibir la ayuda que cambiaría el curso de su vida.
La noche llegó y Malvina se metió en el río. De repente, se sintió envuelta por una luz brillante, mientras escuchaba una voz susurrándole en su oído: «¿Qué es lo que quieres, Malvina?».
La bruja respondió con una sola palabra: «Poder». Inmediatamente, la luz se hizo más intensa, y una figura apareció frente a ella. Era una anciana, que le ofreció un pacto: ella le daría a Malvina su poder a cambio de algo que la bruja poseía, pero que ella no valoraba lo suficiente.
Confundida y temerosa, Malvina le preguntó a la anciana qué era lo que quería de ella. Ésta respondió que lo descubriría al cabo de tres días, y Malvina aceptó el pacto.
Las tres noches se sucedieron con rapidez, y en cada una Malvina se sumergió en el Río de las Estrellas, recibiendo nuevos conocimientos y poderes. Pero en la tercera noche, cuando Malvina emergió del río, se dio cuenta que algo había cambiado en ella: su piel ahora era más pálida, sus ojos brillaban de una forma inquietante y su risa sonaba a algo que no era humano.
Cuando Malvina se dio cuenta de su aspecto, comenzó a temer lo que había ocurrido. Entonces, la anciana apareció ante ella y le recordó el pacto que habían hecho. Le dijo que Malvina había intercambiado su humanidad por poder.
La bruja se había vuelto tan poderosa que su esencia humana había quedado en segundo plano, y ahora era más una criatura mágica que un ser humano. Malvina se dio cuenta de que había perdido todo lo valioso que alguna vez tuvo, y que el poder que tanto deseaba ahora no parecía tan importante.
Malvina intentó deshacer el pacto, pero ya era demasiado tarde. La anciana le dio una última advertencia: su nueva forma de vida sería solitaria y aislada, y todo el poder que poseía no podría comprar lo que había perdido.
Malvina entendió su error, y entristecida, dejó el río de las estrellas para siempre. De regreso en su cabaña en el bosque, la bruja se dio cuenta de que la soledad que había evitado toda su vida había llegado a ella, y que su nueva forma de vida no tenía la satisfacción que ella buscaba.
Malvina se quedó solitaria por muchos años, sabiendo que su pacto con la anciana había sido un error. Fue sólo en sus últimos días de vida que la bruja comprendió lo que debía haber buscado desde el principio: la amistad, la comprensión, la ayuda y la felicidad con aquellos que la rodeaban.
Con su último aliento, Malvina maldijo el día en que entró en el Río de las Estrellas, sabiendo que lo que buscaba estaba ahí mismo, en el mundo humano que había abandonado.
Y así, la bruja Malvina se convirtió en una leyenda, llevando consigo una lección que nunca olvidaría: el poder que buscamos no nos da la felicidad, y lo que realmente necesitamos es el amor y la compañía de aquellos que nos rodean.