La búsqueda de los dulces perdidos de Halloween. Érase una vez, en una noche muy oscura de Halloween, cuando el cielo estaba cubierto de nubes y las estrellas no brillaban, cuatro amigos salieron a la calle para pedir caramelos. Ivan, Marian, Lila y Nico eran inseparables y estaban emocionados por explorar el vecindario para encontrar los dulces más deliciosos.
Después de caminar un rato, llegaron a una casa que nunca habían visto antes. Era la casa más grande del barrio y tenía jardines muy oscuros y espeluznantes. Los niños se acercaron a la puerta, temblorosos pero emocionados. “¿Vamos a tocar la puerta?” dijo Nico, el más valiente de todos. “Claro que sí”, respondió Ivan.
Cuando tocaron la puerta, se abrió lentamente y apareció un hombre anciano, feo, con una cicatriz en la mejilla. “¡Hola, niños!” dijo con una sonrisa siniestra. “¿Venís por caramelos?”.
“Sí, por favor”, dijo Marian. El hombre les dio unos dulces y les dijo: “pero tenéis que ser cuidadosos por aquí. Hay un tesoro de dulces escondido en algún lugar del jardín, pero es peligroso buscarlo. Mejor váyanse del barrio a buscar otros dulces”. Pero los niños estaban decididos a encontrar ese tesoro de dulces, así que se quedaron en la casa.
Comenzaron a buscar el tesoro escondido en el jardín, pero de repente, la puerta de la casa se cerró con un fuerte golpe. Los niños estaban asustados y tratando de abrir la puerta, pero no pudieron. Entonces, se dieron cuenta de que tenían que encontrar la salida ellos mismos.
Mientras exploraban el jardín, encontraron un camino oculto detrás de unas rosas negras y lo siguieron. El camino los llevó a un árbol gigante con ramas que se extendían por todo el jardín. En las ramas del árbol brillaban unas golosinas deliciosas, pero los niños no podían subir al árbol para agarrarlas.
“Es demasiado peligroso”, dijo Lila, “tenemos que encontrar una manera de bajar las golosinas sin subir al árbol”. Entonces, Marian encontró una polea y una cuerda en el camino cercano. “Podemos atar la cuerda a las golosinas y mover la polea para bajarlas”, dijo ella. Los niños siguieron su plan y lograron bajar las golosinas del árbol.
Después de comer las deliciosas golosinas, se dieron cuenta de que no eran suficientes y de que tenían que seguir buscando el tesoro perdido. Decidieron seguir el camino hacia el bosque, donde suponían estaría el tesoro de dulces del viejo de la casa.
En el bosque, encontraron un arroyo de chocolate, un río de caramelo y un lago de malvaviscos. Los niños nadaron en ellos y se divirtieron muchísimo. De repente, escucharon unos ruidos extraños. Eran los murciélagos del bosque que los guiarían al tesoro.
Los niños siguieron a los murciélagos hasta una cueva escondida en la montaña. En la cueva, encontraron una caja de madera con un candado dorado. Marian recordó que tenía una ganzúa en su bolsa y logró abrir la caja. Dentro encontraron montones y montones de dulces y chocolates.
Los niños estaban tan felices que empezaron a bailar y cantar. Sin embargo, de repente, oyeron una fuerte risa detrás de ellos. Era el hombre viejo de la casa, que resultó ser un mago poderoso. “Felicidades, niños, has superado mi prueba”, dijo el mago. “Has ganado el tesoro de dulces. Pueden llevarse todo lo que quieran”.
Los niños estaban muy felices y agradecidos con el mago. Le preguntaron por qué les había hecho pasar por todo eso y él les explicó: “Tenía que asegurarme de que realmente querían los dulces y que estaban dispuestos a trabajar por ellos. Esto también es una lección: a veces, para obtener lo que quieres, debes ser perseverante y trabajar duro”.
Los niños volvieron a casa con bolsas llenas de dulces y chocolates, felices de haber logrado su objetivo y haber aprendido una lección importante. Desde ese día, siempre supieron que para obtener lo que deseaban, tenían que trabajar y perseverar.