La casa de la bruja. Érase una vez una pequeña casa en el bosque que todos temían. Era la casa de la bruja. La gente decía que la bruja de la casa había nacido en una noche de luna llena, en la que los espíritus del bosque se habían apoderado de ella y le habían dado unos poderes sobrenaturales. Desde entonces, nunca se había visto a la bruja fuera de su casa, pero todos sabían que debía de estar dentro, cocinando sus pócimas mágicas y tramando sus planes malvados.
La casa de la bruja era toda de madera, con un tejado en punta y ventanas pequeñas y oscuras. La puerta estaba cerrada siempre, y la gente decía que si alguien se acercaba demasiado, sentiría la presencia de la bruja y se asustaría tanto que se alejaría corriendo sin mirar atrás. Se decía que la bruja tenía un jardín lleno de plantas extrañas, que sólo ella sabía cómo cultivar. Algunas eran venenosas, otras tenían propiedades mágicas.
Un día, un grupo de tres amigos decidió explorar el bosque y cerciorarse de si lo que se decía de la bruja y su casa era verdad. Los tres eran jóvenes aventureros, pero también un poco temerosos. Se llamaban Carlos, Isabel y Luis. A medida que se adentraban en el bosque, su valor disminuía y su miedo aumentaba. No podían evitar pensar en los cuentos que habían oído sobre la bruja, y eso los hacía sentir cada vez más nerviosos.
Finalmente, encontraron la casa. Era tal y como la gente la describía: pequeña, tenebrosa y aparentemente inhabitada. Los tres se miraron y se acercaron a la puerta, temblando. Luis, el más atrevido, tocó el picaporte y la puerta se abrió. Todo estaba oscuro adentro, pero se oían unos ruidos extraños, como si alguien estuviera moviendo cosas y murmurando.
Los tres entraron con cautela, y lo que descubrieron les dejó boquiabiertos. La casa de la bruja era un lugar lleno de vida. En cada esquina había plantas y animales extraños, y un delicioso aroma flotaba en el aire. La bruja estaba sentada frente a un caldero enorme, removiendo una poción que despedía una luz verdosa. Vestía una túnica negra y su pelo era totalmente blanco. Tenía una sonrisa maliciosa en la cara, pero parecía inofensiva.
– ¡Hola, amigos! – dijo la bruja sonriendo. – ¿Qué los trae por aquí?
Los amigos se miraron, sorprendidos. La bruja no parecía tan malvada como decían las leyendas. Carlos, que era el más valiente de los tres, decidió hablar con ella.
– Hemos venido a ver si todo lo que se dice de usted es cierto, señora. La gente dice que es malvada y que hace cosas malas.
La bruja se rió.
– La gente siempre cuenta historias, amigo. No todas son ciertas. Venid, acercaos. Os invito un trago de esta poción que estoy preparando.
Isabel y Luis dudaron, pero Carlos se acercó al caldero y tomó una pequeña brizna de la poción. La bruja se la ofreció en una cuchara, y Carlos la probó.
– ¡Es deliciosa! – exclamó. – ¿Qué es?
– Un brebaje especial que he estado preparando esta noche – explicó la bruja -. No es peligroso, no os preocupéis. ¿Qué os ha traído aquí, jóvenes?
Carlos explicó que estaban explorando el bosque, y que habían querido ver si la casa de la bruja era tan malvada como decían. La bruja se rió otra vez.
– Los cuentos pueden ser divertidos, pero no hay que tomárselos en serio. Yo soy una simple herbolaria, que utiliza las plantas del bosque para curar dolencias y predecir el futuro. No hago ningún daño a nadie, aunque a veces la gente se asusta conmigo.
Los tres amigos se sentaron alrededor del caldero, probando las diferentes pociones que la bruja tenía preparadas. Había una para curar la tos, otra para dormir mejor, y una muy extraña que cambiaba el color del pelo. Los amigos conversaron con la bruja durante horas, preguntándole sobre el bosque y sus habitantes. La bruja les habló de las hadas, de los duendes y de los animales que habitaban en la zona.
Finalmente, llegó la hora de partir. Los amigos agradecieron a la bruja su hospitalidad, y prometieron volver algún día para compartir más historias y pociones. La bruja les despidió con una sonrisa, y los tres amigos se alejaron de la casa, con el corazón lleno de alegría y sin miedo alguno.
A partir de ese día, los amigos visitaron a la bruja de vez en cuando. Aprendieron muchos secretos del bosque, y se convirtieron en expertos en cuanto a plantas y pociones. Nunca más volvieron a temer a la casa de la bruja, y se dieron cuenta de que las historias que la gente contaba no eran ciertas. La bruja no era malvada, sino una mujer que amaba el bosque y que usaba sus conocimientos para el bienestar de las personas.
El bosque volvió a ser un lugar de aventuras y diversión, y la casa de la bruja se convirtió en un lugar mágico y asombroso. Los tres amigos siguieron visitando a la bruja durante mucho tiempo, y a medida que crecieron, empezaron a enseñarle cosas nuevas que aprendían en la escuela. La bruja siguió con su labor de curandera, pero siempre agradecida por haber encontrado amigos tan maravillosos como Carlos, Isabel y Luis.
Y así, el misterio y el miedo que envolvía a la casa de la bruja desaparecieron, para convertirse en un lugar de aprendizaje y amistad. Porque, aunque a veces las apariencias pueden engañar, la verdadera magia está en compartir nuestras experiencias con aquellos que se cruzan en nuestro camino.