La conejita y el castillo encantado. Érase una vez una pequeña conejita llamada Luna. Vivía en un bosque encantado lleno de árboles gigantes y flores de todos los colores. A Luna le encantaba explorar todos los rincones del bosque y jugar con sus amigos, pero siempre había algo que la fascinaba más que cualquier otra cosa: el gran castillo encantado que estaba al otro lado de la colina.
Desde que era solo una pequeña cría, Luna se había prometido a sí misma que algún día exploraría el castillo y descubriría todos sus secretos. Pero había un pequeño problema con su plan: nadie había visto a nadie entrar o salir del castillo en muchos años. Algunos animales del bosque decían que estaba embrujado y que nadie que lo había intentado antes había regresado. Pero Luna era una conejita muy valiente y no le importaban las historias de fantasmas. Ella quería descubrir el castillo misterioso sin importar lo que sucediera.
Una noche, cuando la luna brillaba en lo alto del cielo y todos los demás animales del bosque estaban dormidos, Luna se aventuró sigilosamente por el sendero que llevaba al castillo encantado. Estaba un poco asustada, pero su emoción era más fuerte que su miedo. Cuando llegó al castillo, la puerta estaba cerrada con llave, pero Luna no se rindió. Usó todas sus habilidades de conejita para encontrar un agujero en la pared y, después de varios intentos, finalmente logró entrar.
El castillo era gigantesco y oscuro, pero Luna estaba decidida a descubrir qué había dentro. Con su nariz astuta, avanzó por los corredores y las escaleras oscuras, explorando cada habitación del castillo. Pero lo extraño era que todas las habitaciones estaban vacías, no había muebles, ni cortinas, ni nada. Solo había paredes de piedra y ventanas rotas.
Luego de recorrer varias habitaciones, Luna abrió la puerta de una de las salas más grandes del castillo y ahí fue donde encontró un hermoso jardín. Estaba lleno de flores y árboles, y en el centro había una fuente de agua cristalina. Luna se asomó por la ventana y miró hacia afuera; el jardín parecía ser aún más grande que el castillo.
Mientras caminaba por el jardín, Luna se dio cuenta de que algo extraño estaba sucediendo en ese lugar. El viento soplaba fuerte por el pasillo y las puertas se cerraban y abrían por sí solas. Pero lo que había dentro de la fuente era quizás lo más extraño de todo. Se formaba una especie de remolino en el agua, y en el fondo se podían atrapar pequeñas figuras doradas moviéndose alrededor.
Luna se acercó con cuidado al agua y se sumergió un poco para ver qué eran aquellas figuras doradas. De repente, fueron cuarenta muy pequeñas hadas que salieron y saludaron a Luna.
– «¡Bienvenido a nuestro jardín, Luna!» dijo la reina de las hadas. –Nos alegra mucho verte aquí en nuestro hogar.
– «¡Vaya! -exclamó Luna,- ¡ustedes son tan hermosas …!» ¿Puedo preguntarles qué pasa aquí?
– «Por supuesto», respondió la reina de las hadas. Decidimos dejar que la tierra se ahogue, y entonces construimos un castillo con nuestro poder mágico. Pero prohibimos a cualquiera que entre en él.
– «Pero, ¿por qué el castillo está vacío?» Luna estaba un poco desconcertada.
– «Es el precio que pagamos por proteger nuestras vidas en esta tierra mágica», dijo la reina de las hadas. Alicia, nuestra madre, luchó contra el vecino Malvado del Norte. Pero no tuvo éxito en su batalla. Ella sacrificó su vida por nuestra seguridad. Ahora … no tenemos suficiente magia para controlar todo el castillo.
La pequeña conejita no podía creer lo que estaba escuchando. Se sintió tan triste por las hadas que habían perdido su hogar y su madre. Pero también sintió que hacía falta algo más.
– «Pero si todos ustedes vivieran juntos … podrían usar el amor y la amistad para vencer al malvado vecino del norte», sugirió Luna.
Las hadas quedaron impresionadas con las sabias palabras de Luna, y decidieron ir al bosque para ver si podían recuperar la energía que necesitaban para luchar nuevamente contra el malvado vecino del norte. Luna se convirtió en amiga cercana de las hadas, y al final todos juntos lograron vencer al malvado vecino del norte.
El castillo y el jardín volvieron a su antiguo esplendor, y Luna se convirtió en una heroína en el bosque encantado por haber ayudado a las hadas.
A partir de esa noche, Luna visitaba a las hadas a menudo y se divertía jugando y explorando el mágico jardín. Pero nunca olvidó la lección que había aprendido: que con amor y amistad, cualquier cosa es posible.