La leyenda de la isla del Diablo. Érase una vez, en el lejano mar Caribe, una pequeña isla en mitad del océano que se había vuelto famosa por su nombre: la isla del Diablo. Muchos dicen que es un lugar maldito, con un clima terrible y una vegetación oscura y siniestra, y que en ella ocurren cosas extrañas e inexplicables. Pero nadie sabe realmente que hay dentro de esta isla, ya que nadie se ha atrevido a aventurarse en su interior.
Una tarde, un joven marinero llamado Eduardo se encontraba a bordo de su barco frente a las costas de la isla del Diablo. Él era un hombre valiente y audaz, pero también curioso por naturaleza, y no podía resistir la tentación de explorar la isla y descubrir los secretos que se escondían allí. Así que, sin pensarlo mucho, decidió abandonar el barco y adentrarse en la isla.
El joven marinero avanzó por el bosque oscuro y sombrío, lleno de árboles retorcidos y plantas espinosas. A su alrededor, solo se escuchaba el sonido del viento y las ramas que se movían, como si alguna fuerza misteriosa estuviera intentando espantarlo. Sin embargo, Eduardo no se detuvo, y siguió avanzando hasta que llegó a una pequeña colina desde la cual se apreciaba una extraña casa abandonada en medio de un claro.
La casa parecía tenebrosa y vieja, y las ventanas estaban rotas y sin vidrio. El viento hacía un sonido extraño al atravesar las grietas del techo y la puerta, como si alguien o algo estuviera susurrando. A pesar de todo, Eduardo se sintió atraído hacia ella, y no pudo resistir la tentación de explorarla, aunque sabía que estaba desafiando el peligro.
Así que, armado con una linterna, el joven marinero entró en la casa abandonada. El interior era húmedo y oscuro, y las paredes estaban llenas de musgo y polvo. Pero lo que sorprendió a Eduardo fue lo que encontró dentro: una caja de madera antigua, llena de viejas fotos y papeles amarillentos.
Eduardo se sentó en el suelo y empezó a revisar los documentos con detenimiento. Unos eran cartas de amor, otros mapas extraños, y algunos eran simples notas sin sentido. Pero lo que más le llamó la atención fue una vieja fotografía en sepia que mostraba a una hermosa mujer de ojos verdes y cabello oscuro, que parecía estar atrapada en la foto. Eduardo se sintió intrigado y fascinado al mismo tiempo. Nunca había visto nada como esto antes.
De repente, sintió una fría brisa que soplaba detrás de él y oyó un susurro en su oído. Se estremeció y se giró, pero no vio a nadie. Asustado, cogió la caja de madera y corrió hacia la puerta de la casa abandonada.
Pero cuando llegó a la entrada, vio que la puerta estaba cerrada y que no podía abrirla. Y entonces, escuchó el ruido más terrible que nunca había oído antes: un sonido como de risas diabólicas que venían de todas partes al mismo tiempo. El suelo empezó a temblar y las paredes crujían como si estuvieran vivas.
De repente, se abrió una pequeña rendija en el techo y empezó a salir un haz de luz brillante. Eduardo miró hacia arriba y vio a la mujer de la fotografía flotando en el aire, con sus ojos verdes iluminados por un extraño brillo. La mujer le sonrió, y Eduardo sintió cómo todo a su alrededor desaparecía. Solo quedaban él y la mujer flotando juntos en una oscuridad total.
Eduardo comprendió que había sido víctima de un gran engaño. Había sido atraído a la isla del Diablo por la mujer de la fotografía, quien lo había conducido a la casa abandonada para atraparlo en una trampa. Ahora estaba atrapado, y sabía que nunca más volvería a ver a su familia y amigos.
Pero cuando cerró los ojos, sintió una suave brisa en su cara y una voz le susurró al oído: “No temas, Eduardo. Con cada sacrificio, mi poder se fortalece, y tú serás la llave para liberarme. Pronto, mi venganza será completa, y nadie podrá detenerme”.
Desde aquel día, nadie ha vuelto a saber nada de Eduardo ni de la mujer de la fotografía en la isla del Diablo. Los marineros cuentan que la isla está maldita, y que allí es donde habita el Diablo en persona, esperando a su próxima víctima. Y quienes se aventuran a acercarse a la isla dicen que pueden oír el sonido de las risas diabólicas que provienen del interior, y ven nubes oscuras y tormentosas que se levantan en el cielo.
Así que, si alguna vez decides aventurarte en el mar Caribe, asegúrate de evitar la isla del Diablo. Recuerda siempre las palabras de Eduardo: “en este mundo, hay cosas que son mejores dejarlas en secreto, y la isla del Diablo es una de ellas”.