La noche de los demonios de Halloween. Érase una vez, en una noche oscura y tenebrosa, la noche de Halloween. Los niños y las niñas estaban todos preparados para la gran fiesta de Halloween del pueblo. Los disfraces de monstruos, brujas y vampiros llenaban las calles. Todos estaban emocionados por la noche de los demonios.
Aunque había un niño en particular, que se encontraba asustado en su habitación, su nombre era Nico. Él tenía mucho miedo de salir a la calle y ver a los espeluznantes personajes. De repente, su mamá entró en su habitación con un disfraz realmente malvado.
«¡Nico, ven! Tienes que salir con nosotros a disfrutar de las calles en este día tan especial. Verás que todo esto es pura diversión», dijo su madre intentando convencerlo.
Nico, aunque estaba un poco nervioso, conoció a los amigos de su madre y juntos comenzaron a caminar por la calle.
De repente, vieron algo que llamó su atención: una extraña casa con una puerta en forma redonda, con una pequeña ventana donde alguien les observaba. Esa casa siempre les resultó muy misteriosa porque nunca habían visto a ninguna persona entrar o salir de ella.
Pero ellos no podían dejar pasar la oportunidad de investigar qué había ahí dentro. Fue así como se escabulleron a través de la puerta y se encontraron en una pequeña habitación con una gran mesa en el centro, en la cual había muchas golosinas, con caramelos y dulces de todos los colores. Pero algo parecía extraño, las luces se habían apagado repentinamente.
«¡Miren! Hay un montón de caramelos y dulces, no puedo resistirme a por lo menos uno», dijo el pequeño Roberto.
Entonces, cada uno tomó un caramelo, pero apenas lo mordieron se dieron cuenta de que algo raro le estaba pasando a sus cuerpos: sus manos comenzaron a temblar, y luego sus pies, seguía subiendo y parecía que estuvieran perdiendo el control de todo su cuerpo.
De repente, el ambiente en la habitación cambió, las golosinas se convirtieron en seres extraños. La mesa comenzó a ascender, como si fuera un ascensor, hasta el sótano de la casa.
Al bajar, pudieron descubrir que se habían convertido en monstruos, vampiros, brujas, fantasmas y demás personajes tenebrosos. Pero lo más sorprendente, es que los dulces también habían cogido vida, transformándose en ratones, gatos y ranas.
Todos los monstruos se sintieron sorprendidos y atemorizados, pero al tiempo curiosos, al mismo tiempo querían saber a qué se debía esta transformación.
Mientras tanto, encontraron una misteriosa puerta que daba a una habitación oscura, todos fueron nerviosos hacia ella y abrieron. Pero se encontraron con una gran sorpresa, allí no había otra cosa que un gran árbol, el cual brillaba como si tuviera un aura mágica. Todos se acercaron a verlo y a tocarlo, pero en ese momento se dieron cuenta de algo fantástico: la magia estaba en cada uno de ellos.
La magia estuvo siempre en estos personajes, solo hacía falta que los caramelos la liberaran. Los niños y las niñas rápidamente se dieron cuenta de que no tenían que tener miedo, sino que podían dominar la noche y celebrarla junto a los demás.
Fue así como se convirtieron en los protagonistas de la noche, y en lugar de huir de los monstruos, ahora eran ellos los que asustaban a los demás. También descubrieron que nada era tan malo como parecía. La noche de Halloween se había convertido en la fiesta más emocionante de sus vidas.
De vuelta a casa, sus rostros brillaban con una sonrisa enorme. Habían encontrado algo muy valioso en esa noche, algo que siempre llevaban dentro y que por un momento creyeron haber perdido.
Desde entonces, Nico nunca volvió a sentir miedo en Halloween y se unió a los demás monstruos para celebrar la noche de los demonios.
La magia es algo que está en cada uno de nosotros, solo hace falta una noche de Halloween y muchos caramelos para descubrirla.