Los Duendes y el Tesoro de la Navidad. Érase una vez un pequeño pueblo en lo más profundo del bosque, donde vivían los duendes. Estos seres mágicos eran muy trabajadores y se dedicaban a hacer realidad los sueños de los habitantes del pueblo. También se encargaban de preparar todo para las grandes celebraciones, especialmente la Navidad.
La Navidad era la época favorita de los duendes, ya que era la oportunidad perfecta para esparcir alegría y felicidad por todo el pueblo. En el centro de la plaza del pueblo se encendía una gran fogata que calentaba a todos los asistentes, mientras un coro de ángeles cantaba villancicos para animar a la gente.
Pero un día, un gran malhechor decidió robar todo el oro y los regalos que los duendes habían estado trabajando tanto tiempo para conseguir. Los duendes estaban desolados, puesto que sin los regalos no habría Navidad, algo que era insoportable para ellos.
Así que los duendes se reunieron en asamblea para decidir qué hacer. Después de mucho hablar, uno de los duendes más sabios tuvo una idea.
-Debemos buscar al malhechor y recuperar el tesoro – propuso el sabio duende – Esto es muy importante para nuestros amigos en el pueblo.
-¡Sí! – exclamaron los otros duendes.
Entonces, un pequeño grupo de duendes salieron impulsados con valor para buscar al malhechor. Tenían una pista, un pedazo de tela que habían encontrado en el lugar donde el tesoro había sido robado. Después de una larga caminata, y de pasar muchas aventuras, encontraron al malvado arrojando el oro en un río.
-¡Detente! – gritó el líder de los duendes – ¿Qué estás haciendo?
-Ya no hay oro. Se ha ido por el río. – respondió el malvado con una sonrisa maligna.
Los duendes se sintieron abatidos al escuchar esto, pero cuando volvieron al pueblo, recordaron otra de las antiguas tradiciones de la Navidad: compartir el amor que otras personas sienten por nosotros.
Comenzaron entonces los duendes a hablar con los habitantes del pueblo, descubriendo cosas divertidas e interesantes acerca de ellos. Mientras, las historias fluían sobre la fogata central, mientras se servía chocolate caliente. La gente era feliz de compartir sus historias, y los duendes, feliz de escuchar, sabiendo que esto era la verdadera razón de la Navidad.
De regreso en la casa principal de los duendes, estaba el cofre donde guardaban los regalos para el pueblo. Los duendes sabían que el dinero de los regalos había desaparecido. Pero también sabían que podían compartir la alegría y la diversión de muchas formas diferentes.
-¡Déjame ayudarte! – dijo uno de los duendes al líder, al verlo tan triste mientras observaba el cofre vacío.
-¿Cómo puedes ayudar? – preguntó el líder, todavía tan triste.
-Tenemos muchas plantas medicinales que podemos juntar en una pequeña mezcla para aquellos que sufran dolores. Es un regalo valioso. – respondió el pequeño duende.
Y así fue, que después de cuatro días, la comunidad de duendes y el pueblo reunido, se juntaron en la fogata central para recibir los regalos más únicos que cualquier puedan hacer: un regalo que sólo los duendes pueden dar, una mezcla creada con sus plantas curativas.
-Compartan este regalo si alguien en su vida necesita cura. Es nuestro regalo de amor de esta Navidad – exclamaron los duendes juntos.
Los habitantes del pueblo, llenos de alegría, extendieron sus brazos para recibirla, dándoles las gracias de todo corazón.
Desde entonces, los duendes aprendieron lo importante que es la tradición y el significado detrás de ella, más allá de los regalos y la apariencia. Ahora sabían cómo compartir el amor de la Navidad, y se convirtieron en símbolos de amor y esperanza en todo el pueblo.