Los Lobeznos en el Jardín Encantado. Érase una vez en el Jardín Encantado, un grupo de lobeznos intrépidos que se aventuraban más allá de su zona segura para descubrir lo que yacía en los confines más remotos del terreno. Entre ellos, hubo uno que destacaba por su audacia, su determinación y sus dotes de líder. Su nombre era Taro.
En una calurosa mañana de verano, Taro y su pandilla decidieron explorar un rincón del jardín aún desconocido por ellos. Tras caminar durante un buen rato, se encontraron con un río que se deslizaba bajo la sombra fresca de una arboleda. Taro, algo temerario, saltó al agua sin pensarlo dos veces, e hizo un gesto a sus compañeros para que lo siguieran.
Apenas habían avanzado unos metros cuando se toparon con una extraña criatura: se trataba de un castor, pero uno muy grande y corpulento. Taro y sus amigos se quedaron perplejos, pues nunca antes habían visto algo parecido. Como era de esperar, el castor se mostró receloso ante la presencia de los lobeznos y empezó a gruñir amenazadoramente.
Taro, siempre valiente y decidido, decidió acercarse al castor para calmarlo. No obstante, tal y como se acercaba, el animal se ponía más y más furioso. De repente, el castor agarró a Taro entre sus afiladas mandíbulas, dejando al resto de la pandilla completamente aterrados.
No sabían qué hacer. Era evidente que la fuerza del castor era superior a la de ellos, y Taro estaba en peligro de muerte. No obstante, no se dieron por vencidos y decidieron luchar. Los lobeznos se abalanzaron sobre el castor, intentando que soltara a su amigo, pero ni la mordida más fuerte ni el aullido más escalofriante fueron suficientes para asustar al castor y hacerle soltar a su presa.
Pero entonces ocurrió algo insólito: de repente, un zorro apareció en la escena. Era un zorro enorme, hermoso y valiente, que no dudó un segundo en ayudar a los lobeznos. Con un rápido movimiento, el zorro agarró al castor y, en un abrir y cerrar de ojos, consiguió que soltara a Taro.
El castor, al verse derrotado, huyó despavorido hacia el río, mientras que el zorro se dirigió amablemente a Taro y sus amigos. El zorro, presentándose como Zafiro, les explicó que él vivía en el Bosque Arcoíris, que estaba en el extremo opuesto del Jardín Encantado. Y que había oído hablar del valor de los lobeznos del jardín y por eso decidió acudir en su ayuda en cuanto lo necesitaran.
Agradecidos por su ayuda, Taro y sus amigos acompañaron a Zafiro hasta el Bosque Arcoíris. Era el lugar más maravilloso y mágico que habían visto jamás. Había flores de todos los colores, árboles frutales por todas partes y todo tipo de animales conviviendo en armonía.
Zafiro les enseñó que, en el Bosque Arcoíris, todos los habitantes se ayudaban mutuamente, incluso aunque fueran de especies diferentes. Y que, aunque había peligros allí también, al colaborar juntos podían superarlos.
Taro y sus amigos aprendieron la lección de que, para enfrentar los retos que la vida nos pone en el camino, lo mejor era ser unidos y luchar juntos, tal y como lo habían hecho antes.
A partir de aquel día, el Bosque Arcoíris se convirtió en un lugar recurrente para los lobeznos del Jardín Encantado. Zafiro les enseñó a cazar mejor y a buscar recursos. Les explicó la importancia de cuidarse entre ellos, y les dio consejos sobre asuntos relevantes para su desarrollo. Y así, gracias a su sabiduría y su amistad, los lobeznos del jardín descubrieron cómo crecer, compartir y enfrentar el mundo con determinación y confianza.