Los Lobeznos en el País de los Dulces. Érase una vez un valle lleno de dulces y golosinas en el que habitaban los lobeznos más dulces y amables de todo el mundo. Entre peluches de algodón de azúcar y arboledas de piruletas, estos amigos se reunían cada tarde para contar historias y jugar juntos.
Un día, los lobeznos decidieron explorar más allá del valle de los dulces para ver qué había en el resto del mundo. Así que, con las mochilas cargadas de caramelos y otros dulces, se pusieron en camino hacia lo desconocido.
Después de caminar por un largo tiempo, llegaron a un bosque oscuro y tenebroso. Los lobeznos se detuvieron un momento, se miraron entre sí, y decidieron que valía la pena continuar la exploración. Así que, con mucho cuidado, avanzaron por el bosque.
De repente, el suelo comenzó a vibrar y un monstruo de gominola gigante se levantó delante de ellos. Los lobeznos, asustados, corrieron en la dirección opuesta. Sin embargo, el monstruo era más rápido y comenzó a perseguirlos. Los lobeznos corrieron y corrieron hasta que se encontraron con una casa de jengibre abandonada. Desesperados, se acurrucaron en una esquina y cerraron fuertemente los ojos.
Cuando abrieron los ojos, la casa de jengibre ya no estaba vacía. Una bruja mala y vieja observaba a los lobeznos, y su risa malvada llenaba el aire. Los lobeznos, avergonzados de haber sido atrapados por la bruja, temblaban de miedo.
La bruja, con una sonrisa malvada, les ofreció un trato: si prometían llevarle más golosinas, los dejaría ir con vida. Sin otra opción, los lobeznos aceptaron el trato y comenzaron a buscar dulces por todo el bosque.
Después de horas de buscar, los lobeznos lograron recoger suficientes golosinas para complacer a la bruja. Con mucha alegría y alivio, los llevaron de vuelta a la casa de jengibre en la que la malvada anciana los estaba esperando. La bruja, lamiéndose los labios, se preparaba para disfrutar de su nuevo tesoro.
Sin embargo, en ese momento, una luz brillante y radiante iluminó la casa de jengibre. El miedo que los lobeznos sentían desapareció al instante gracias a la fuerza que les daba esa luz. De repente, apareció un Ángel de la Guarda que golpeó con su varita mágica a la bruja, que desapareció en un humo.
El Ángel de la Guarda, después de comprobar que los lobeznos no habían sido dañados, les dijo que su luz había sido gracias a la fuerza que les daban las buenas acciones que habían hecho; siendo tan buenos amigos, el rey del País de los Dulces les había enviado la ayuda del Ángel para protegerlos.
Los lobeznos, agradecidos con el Ángel de la Guarda, decidieron regresar al valle de los dulces, muy felices de que los amigos que tenían allí eran lo más importante de sus vidas.
Desde entonces, los lobeznos ya no caminaron más allá del valle de los dulces, y en su lugar, cada día se dedicaban a hacer ayuda sus amigos y hacer el País de los Dulces más dulce aún. La amistad y la bondad fueron sus mejores escudos para todos los desafíos.